Y vino el gordo nomás...



Como habrán adivinado por la foto, me estoy refiriendo a Papá Noel. Este año no le tenía mucha fe, pero la verdad que se portó bastante bien. Sobre todo con las chicas, que son las que importan. A mi mujer y a mí no nos tocó nada (no tuvimos tiempo de mandarlo a comprar nada). Y no es la primera vez que nos pasa. Será por eso, a lo mejor, que desde hace un tiempo se ha venido perdiendo esa magia que para mí tenía la Navidad. Y no se trata de simple materialismo. Todos, y no solamente los niños, necesitamos algo en qué creer. Algo que escape de nuestra "todopoderosa" lógica, y nos deje sin respuesta. Algo tan increíble y tan genial que nos haga olvidar, al menos por una noche, que el mundo se ha convertido en un lugar oscuro, donde la gente cada vez se saluda menos y se encierra más en su propia casa, para mantenerse a salvo de los demás.


La navidad es una de esas oportunidades que nos da el calendario para revertir esa tendencia. Para que nos acordemos que no estamos solos, y que siempre hay alguien dispuesto a tendernos una mano, o recibirnos en su casa, o convidarnos un pedazo de pandulce, sin pedir nada a cambio, más que nuestra compañía. A veces, ese alguien ni siquiera forma parte de nuestra familia. Pero allí está. Sólo hay que abrir el corazón y dejarlo entrar.

Sé que estoy sonando un poco como uno de esos programas que dan en la trasnoche, conducidos por algún pastor brasileño, pero es el sentimiento que me embarga en estos días. Y me sorprende. Ni yo mismo pensé que me iba a sentir así, pero me siento.

Hace poco vi una película donde un matrimonio joven y de buen pasar inventaba, año tras año, toda clase de excusas para no pasar la Navidad con sus respectivas familias. Aseguraban tener que viajar a algún lugar remoto del globo con fines humanitarios. Hasta que las cámaras de un noticiero los dejan al descubierto, mientras están varados en un aeropuerto, esperando que pase una tormenta de nieve, y deben afrontar ese pesado compromiso que la sociedad -y sus parientes- les imponen.

Reconozco que me sentí identificado con los protagonistas. Para mí, desde que perdí la inocencia y algún imbécil me dijo que Papá Noel son los padres, la Nochebuena se convirtió en una especie de tortura, donde hay que sentarse a una mesa a escuchar un montón de anécdotas que ya oímos mil veces, a contar cómo fue este último año de tu vida (aunque haya sido el peor) y a comer un montón de comida fría y unos turrones a prueba de dentaduras de acero.

Pero desde que soy padre, mi perspectiva sobre las fiestas cambió radicalmente. Sé que suena trillado, sí, pero ahora las veo a través de los ojos de mis hijas, y todo vuelve a tener un poco de esa magia que perdió. Esa magia que tiene Disneyworld, y que acá, en la vida real, cada vez es más difícil de encontrar.

"¿Cómo hace Papá Noel para meterse por la chimenea?", me preguntó la más chica el otro día, mirando la delgada ranura que los arquitectos le hicieron. Tiene cinco años, no es tonta. "Le vamos a dejar una ventana abierta, por las dudas", le contesté yo. Y eso pareció convencerla.

Ojalá pueda seguir creyendo unos años más. A la otra, que tiene siete, ya se nos está complicando engañarla.

Quien escribe y su mujer les deseamos muy felices fiestas. Y ojalá el 2010 sea un mejor año para todos.

Gallaretas (esto ya parece un blog sobre animales..)



Uno ha oído desde siempre hablar de las gallaretas. Cuando íbamos al campo de mi mujer, eran los pájaros que hacían ruidos raros en la laguna. Eran animales amistosos, simpáticos y graciosos. Pero, cuando llegamos a Nordelta, nos dijeron que estos lindos pájaros negros de pico amarillo se comían los panes de pasto. En casa los panes no llegaban a la laguna, y el alambrado lo pusimos desde el vamos así que nunca tuvimos ese tipo de problema. Eran las palomas nuestro mayor enemigo. ¡Si me habré despertado a la madrugada para espantarlas!

Después llegamos a leer en “La Voz de Nordelta” que se habían llevado un camión lleno de gallaretas para soltarlas en Escobar. También llegó la versión de que las gallaretas habían encontrado el camino de vuelta. Porque, aunque parezca, no son nada tontas.

Como no nos gusta juzgar por el qué dirán, y en nuestro barrio el pájaro que más abunda es la gallareta, cuando sobran migas de pan del asado, la diversión más grande es tirarlas al agua y ver cómo vienen en su busca, caminando por encima del agua en una imagen casi bíblica. No hay visita que se resista a ese espectáculo. Es más, me acuerdo que la primera vez que vinimos a Nordelta esa imagen fue una de las que más nos impactó, bichos de ciudad como éramos. Vinimos a conocer el terreno que unos amigos acababan de comprar, y cuando caminamos hacia el lago, toda una pandilla de gallaretas salió espantada de entre los lirios de la orilla, a ponerse a salvo de aquellos desconocidos. Esa carta de presentación no se consigue con ningún diseñador gráfico.

Cuando ya vivíamos acá, uno o dos años más tarde, nos suscribimos a un newsletter que prometía mantenernos informados de las novedades de la ciudad pueblo (y que lleva el mismo nombre de los pájaros protagonistas de esta entrada y que no pienso repetir). Como todos, al principio no teníamos muchos amigos acá y había muchas cosas que nos hubiéramos perdido si no hubiera sido por ese breve pero efectivo boletín que recibíamos semanalmente. Primero en papel, y después ya en una versión más ecológica, vía mail. Un día, por cuestiones laborales, Marcelo Cantón dejó de contarnos las novedades de Nordelta y lo extrañamos. Ahora por suerte volvió. Nos alegramos de la decisión, y seguiremos esperando con entusiasmo sus mails, para saber todo lo que no aparece en la revista oficial de este paraíso extraño (y artificial, podrán agregar algunos), pero paraíso al fin.

Un robo, pero sin armas



Tranquilos, que no voy a hablar de ningún hecho delictivo. Por lo menos, de ninguno de los que aparece en los noticieros. Y es que este tipo de delitos atañe solo a los ciudadanos nordeltenses. Y no está comandado por un un grupo armado, ni por asaltantes, ni por pibes chorros. Esperen, volvamos para atrás: el mote de "asaltantes" bien podría caberle a esta gente. Pero si así fuera, deberíamos pensar que tenemos el fuerte rodeado. El de la mueblería, el del cloro, el de la heladería... ¡todos se han confabulado para llenarse los bolsillos con nosotros! Si algún lector del blog es socio o dueño de la única heladería que hay por el momento en Nordelta, lo siento. Pero tengo que decirlo: 60 mangos un kilo de helado, ya sobrepasa la categoría de estafa para convertirse en hurto calificado. ¡Con esa plata prefiero comprarme un sweater! Bueno, con este calor no da, pero ustedes me entienden. Seguramente, quien fija los precios de esa heladería tendrá sus excusas: los costos de producción, la calidad del helado, los elevados impuestos que debe pagar, el alquiler, etc. Pero tener que pagar por el vasito más chiquito 13 pesos, me hace sentir que me están tocando las partes (disculpen mi francés). Alguien podría decir "a mí me parece justo. El helado es exquisito". Y concuerdo. Nadie pone en duda eso. Como nadie me obliga a ir a comprar a esa heladería, teniendo dos buenísimas sobre la ruta 27, apenas saliendo de ND. Ni siquiera creo que se trate de una cuestión de plata. Se trata de una cuestión moral. Pero en fin... No me voy a poner a hablar de moral ahora, cuando anoche lo estuve viendo a Ricky Fort peleándose con Matías Alé en vivo y en directo, y me divertí tanto.

Ojo, hablé de la heladería por citar un ejemplo. Cuando llamás para pedir que te traigan cloro para ponerle a la pileta, porque ya se te puso verde el agua y parece la laguna del zoo de Buenos Aires, si decís que vivís en Santa María de las Conchas al 2900, te cobran 15. Y si cometés la estupidez de admitir que vivís en Nordelta, te cobran 25. Es una especie de sobreprecio a la riqueza. Con los fletes pasa lo mismo. Es como si una vez dentro de ND, comenzaran a gastar más nafta que lo habitual. Un fenómeno de lo más extraño, digno de alguno de esos programas de "The History Channel". Lo malo es que ya estamos acá adentro (por elección), y va a ser muy difícil revertir esta tendencia al PAN (un programa que inventaron, Péguele Al Nordelteño).

Por ahí tenemos suerte y en el futuro pongan otra heladería acá adentro, como para competir en precio (y calidad, no nos olvidemos) con esa que está ahora. Señores empresarios del helado, con "competir" quiero decir "poner precios más bajos". Por las dudas.

Macho macho men


El otro día estaba sentado, trabajando frente a la computadora como siempre, cuando de reojo vi pasar algo peludo y pequeño frente a mi ventana. Me levanté seguro de que era un coipo. “Coipo” es una palabra de las palabras que aprendí cuando nos mudamos a Nordelta (la otra es “tablaestacado”). Antes, a esos bichos los llamábamos cuises. Aunque, seguramente haya una diferencia, a simple vista y para un “capitalino regenerado”, son la misma cosa.

Grande fue mi sorpresa cuando salí por la puerta. No era ni un coipo, ni un cuis, ni una rata. Era una tierna y dulce nutria bebé. Al oír la puerta abrirse, el animal se asustó y se fue hacia la calle. Justo en ese momento pasaba mi vecina del auto azul, a más de 40 km por hora (para no perder la costumbre). Temí por la vida del animal. Usando la lógica, me interpuse entre la calle y él (o ella, si es que era hembra). Intenté “arriarlo” hasta el lago, porque me pareció que ahí tendría más oportunidades de sobrevivir sin su madre (¿por qué será que siempre que vemos algún animal muy pequeño pensamos que se ha quedado huérfano? Habrá que agradecérselo al señor Disney…). Estaba claro que allí donde estaba no podía quedarse. Según mis cálculos mi vecina volvería a pasar en cinco minutos, de regreso de buscar a sus chicos en el colegio, y esta vez la mataría. Ella a la nutria, quiero decir. Pero tanto tiempo pasé pensando, que el animal se metió debajo de nuestro auto. “Y ahora, qué hago?”. Ya mi hija menor estaba asomada por la ventana de la escalera gritando: “dale, papá, agarrala! No hace nada… si es un bebé!”. Realmente lastimó un poco mi ego. Así que, me agaché, puse mis manos en gesto de “llamar a un animal”, e hice el clásico ruido “besito seductor” apretando los labios, como para atraer su atención. Tras un instante, la nutria encorvó su lomo y sacó sus dientes. Eran enormes! Desproporcionados, para un cuerpito tan pequeño. Puso sus manitos en alto y caminó hacia mí, con la evidente intención de infringirme algún tipo de daño. Debo confesar que trastabillé al huir hacia atrás al grito de “juira bicho”. Agitado, entré a casa con la esperanza de que mi hija no me hubiera visto correr como un cobarde, y feliz de saber que mi mujer dormía. Al darme vuelta, las vi a las dos ahí paradas, riéndose a más no poder. Y, bueno, yo siempre fui un hombre de ciudad. Allá, las ratas “bienaprendidas” le escapan a la gente, no la enfrentan.

No me quedó más que llamar a la guardia y decirles que había una nutria bebé en la puerta de casa, y pedirles si por favor podían avisar a quien correspondiera, para que se hiciera cargo del asunto. En menos de dos minutos, apareció en el rondín el hombre más valiente del mundo: Miguel, uno de los vigiladores. Se bajó con una bolsa de residuos grandota, y sin dejar que la nutria reaccione, se la tiró encima y la agarró con una sola mano, como si del diario se tratara. Claro, la otra mano la necesitaba para agarrar el volante. Subió al rondín y se fue manejando, como si nada. Después nos enteramos que llevaron el animalito al “lago de más allá”. De a ratos, tengo mis dudas de si eso no haría alusión al “cielo de las nutrias”. De mal pensado que soy, nomás.

En fin… Desde ese día tengo claro que cuando aparezca un animal salvaje y antisocial como ese, hay que llamar a la guardia y no hacerse el macho. No funciona con estos bichos.

Taruchas wanted



¿Dónde se habrán ido las tarariras? Me acuerdo que la primera tarde que nos mudamos mi mujer salió con su caña al jardín a las 7 de la tarde y tras esperar un rato, pescó una tararira. Su felicidad fue infinita. Nordelta era lo más. Vivir en una casa y que desde su propio jardín pudiera repetir uno de sus hobbies preferidos de la infancia, no tenía precio.

Nunca entendí demasiado el tema de la pesca. Yo voy más con el fútbol o con el tenis. No soy Maradona (bueno, eso está claro. Pongamos “no soy Arruabarrena”), ni Federer, pero me divierto más cuando corro atrás de una pelota. Eso de sentarme o pararme a esperar a que un pez decida si prefiere morder mi anzuelo que seguir viviendo en libertad, no me cierra mucho. Pero a mí mujer sí, le encanta. Sobre todo la pesca de tararira, que ella describe como una pelea justa. Aunque como muchas otras cosas, ya no es lo mismo ahora con los hijos. Ya no pesca, sufre. Que “se va a sacar un ojo esa chica”, que “me comió la carne de nuevo, mamá”, que “ufa, ese lugar es mejor que este”, que “quiero cambiar la caña, esta es una porquería”… por no hablar del escándalo que se arma cuando trata de explicarles que hay que devolver los dientudos o palometas al agua, luego de tenerlos un rato en el balde. Porque tarariras ya no hay. ¡Y lo dice una experta!

La veo a mi mujer irse con su caña cuando cae la tarde a ver si por ahí este año sí sembraron alevinos de tararira o algún pez grande, y me emociono. Porque en el folleto de venta de Nordelta, no se mencionaba sólo a las tarariras. ¡Había hasta dorados! Y no pusieron al “Nahuelito” porque les dio vergüenza. No conozco mucha gente que se ponga a pescar más que para pasar el rato con los chicos, pero estoy seguro de que ni aún el más profesional de los pescadores nordelteños consiguió atrapar un dorado. Nos hubiéramos enterado por “Gallaretas”, que volvió después de casi un año en silencio.

Mi mujer dice que si algún día llega a sacar una "tarucha" como la gente, manda la foto para que la publiquen. Vamos a tener que conseguir una cámara con un buen zoom. Porque yo a ese bicho no me acerco ni loco.

Pensé que las comadrejas tenían dientes grandes, pero las tarariras no se quedan atrás. ¡Y las nutrias tampoco! O coypos, como les llaman acá. Ayer encontré una cría debajo de mi auto, en la entrada de casa. Me dio tanta ternura que me acerqué, tratando de agarrarla. Hasta que arqueó el lomo la impertinente criatura y salí rajando. Pero ya les contaré en detalle otro día.

Oia… Ahí va otra vez mi mujer para el lado del lago. Me parece que lleva su cañita. No se da por vencida la tipa.

El séptimo día


El domingo es el mejor día de la semana para muchos. ¿Por qué? Simple: por el fútbol. Seguramente las mujeres que lean esto no van a sentirse identificadas, pero créanme si les digo que el noventa por ciento de los hombres del mundo eliminarían con gusto el sábado de sus vidas, si con eso pudieran acercarse un poco más al domingo. El día en que Dios descansó, dicen. ¿Habrá sido antes o después de comer los fideos de la nona? Okey! Okey! No voy a meterme con eso... a ver si todavía me prendo fuego. No te ofendas, Barba. Era un chiste. Habrá quienes discrepen conmigo y piensen que es el miércoles el mejor día de la semana. O el jueves. O el viernes. Depende de cuándo hayan quedado para jugar. O de si el equipo de sus amores juega alguna copa o no. Pero eso no le saca mérito al domingo, de ninguna manera. Y no me tomen por favor por un cuadrado, queridas vecinas. No estoy hablando sólo como fanático del balón pie. También creo, honestamente, que además de servir para el esparcimiento de la muchachada y para bajar algún que otro gramo de más que insiste en acumularse en la mayoría de nosotros, los hombres, pasados los treinta, este deporte también posee propiedades terapéuticas. ¿Cuáles?, preguntarán ustedes. Bueno, para empezar, combate la famosa "depresión del séptimo día". Dicen que en países como Suecia, la taza de suicidos es mucho más alta en los días domingos, previos al tedioso retorno al trabajo de los lunes. Así que, si no queremos terminar como esos pobres rubios sin gracia, ¡tenemos que seguir jugando al fútbol! O viendo fútbol, o escuchando fútbol. Lo que sea, pero que involucre una pelota. Les pido por favor a mis queridas vecinas de esta hermosa ciudad pueblo que no se la agarren con sus maridos cada vez que se nieguen a ir al cumpleaños de Mariquita, al bautismo de Josesito o al entierro del abuelo de Pepito. Todas esas cosas deprimen. Y es el glorioso deporte de la "pecosa" el único capaz de hacernos olvidar que mañana hay que volver a la oficina, o al Nextel, a seguir tirando del carro.

Perdónenme, chicas, pero tenía que sacar esta angustia afuera. No sé por qué amanecí tan sensible. Será que es domingo, y miro por la ventana y lo único que veo es la lluvia golpeando contra el vidrio...

Snif...

Jardineros


Cuando nos mudamos acá, nuestra primera casa, decidimos que íbamos a mantener el jardín nosotros mismos. No nos parecía lógico, con un lote tan chico y sin muchas plantas, pagarle a un jardinero sólo para que cortara el pasto. Así que fuimos y compramos una cortadora eléctrica, una bordeadora y unas palas. La primera vez cortamos el pasto entre mi mujer y yo, con gran esfuerzo por el desnivel del terreno y con mucho cuidado de no pasarle por encima al cable eterno, y quedarnos pegados. Era una tarea absolutamente nueva para nosotros. ¿Cómo era mejor pasar la máquina? ¿Por sectores? ¿O ir de una punta a la otra del jardín, para luego volver en la dirección contraria? Todo un dilema. Después de algunas discusiones conseguimos definir la mejor manera de ir y venir para optimizar los movimientos. Uno se encargaría de las grandes superficies, y el otro usaría la bordeadora para emprolijar las partes más cercanas a los alambres y demás. Aunque no quedó diez puntos, fue una faena de lo más satisfactoria, y la terminamos en una dos horitas, más o menos.

El fin de semana siguiente, tuvimos visitas. Se fueron ya entrada la noche, así que pateamos el tema del pasto para otro día. Durante la semana siguiente, tuvimos mucho trabajo y ninguno de los dos llegó a casa con ánimos de hacer de jardinero. El sábado mi mujer me tiró su clásica frase manipuladora: “vas a cortar el pasto o lo hago yo?”. Dicho así, sonaba injusto. Aunque estaba claro que los dos convinimos en no contratar a un jardinero, correspondía que yo me arremangara y me pusiera a trabajar en ello. Porque me tocó ser el hombre de la casa. A veces, me pregunto si no hubiera sido negocio nacer mujer. Le dije a mi mujer que me ocuparía del tema después de almorzar. Cuando estaba preparando la comida (ella, no yo. Por eso Dios me hizo varón. ¡Gracias!), llamaron para un partido en el club y la dejé colgada. Cuando volví, a las siete de la tarde, vi la cortadora en la galería, con el cable enroscadito en el manillar, como esperándome. Y mi mujer me puso una de sus típicas caras de reproche. “Ni te bañes”, dijo como para enfatizar que le debía algo. Entonces hice de tripas corazón, me saqué los botines y me dispuse a enchufar la máquina. Pero el alargador no estaba a la vista. Buscamos por toda la casa. Nada. Y todo el mundo sabe que sin el alargador no se puede cortar. Oscureció. El pasto quedó para otro día. Y así lo fuimos pateando otra semana más. Hasta que la desprolijidad de nuestro jardín empezó a hacerse notar entre los vecinos. No es que nos dijeran nada. Pero yo se los veía en la mirada. “Cortá el pasto, vago de miércoles. ¡Que me estás llenando la casa de mosquitos”, parecían acusarnos esos ojos. Era obvio que teníamos que hacer algo. Nos pasaron el dato de que había un jardinero trabajando en el barrio, que cortaba bien y barato. Desde hace tres años, corta el pasto en casa todas las semanas, cuando la lluvia no se lo impide. Ya no nos parece tan ilógico, y mi espalda se lo agradece.

Sin palabras


No hay mucho para decir, la verdad. Pero me pareció que teníamos que dedicarle al menos unas líneas a lo ocurrido el domingo a la madrugada, con los chicos que se mataron en la troncal. ¿Negligencia de quien manejaba? ¿Una simple fatalidad? ¿Una maniobra desafortunada? Lo cierto es que el exceso de velocidad del auto parece haber sido, según informan los diarios, el protagonista principal de esta desgracia. Nuestras condolencias para las familias de los chicos y para sus amigos de Nordelta. Una lástima.

Hijos del rigor




¿Será posible que tengamos que pagarle a un tipo para que nos saque fotos, para que aprendamos a no correr en nuestros propios barrios? Es insólito. Y sigo sin creer que de resultado. O bien mi vecina del auto azul que pasa a 40 por la puerta de casa todos los santos días es multimillonaria y no le importa pagar las multas… o ya reconoce al auto con el radar y sólo saca el pie del acelerador cuando lo ve. Lo que no entiende mi vecina es que la gracia está en que cumplamos las reglas, aunque no haya multas que nos obliguen. Y que tratemos de no pisar a nuestros propios hijos por llegar 20 segundos antes a ningún lado.

El otro día estaba intentando enseñar a mi hija a jugar al tenis en la puerta de casa. Alguien podría decir: “¿qué necesidad tenés de jugar al tenis en la calle si tenés canchas en el club?”. En mi defensa debo decir que lo intenté, pero estamos en la “Lesson 1” y la pelotita no pasa la red, NUNCA! Esto, según la psicología moderna, le puede producir “una frustración” a la “criatura”, y el día de mañana me pierdo de tener una Gisella Dulko que me salve para toda la vida. Continúo. Estaba jugando con mi hija cuando vimos que un auto se acercaba. El conductor no venía rápido, pero tampoco bajó la velocidad en ningún momento, pese a vernos claramente. Cuando pasó por al lado, atiné a decir: “despacio”. El tipo ahí sí, clavó los frenos, pero sólo para asomar su cabeza por la ventanilla y dedicarme una mirada amenazadora. Mi mujer me miró implorándome que no reaccionara. No enfrente de las chicas. Y no lo hice. Porque para algo me mudé a un lugar como Nordelta; entre otras cosas, porque creo en que podemos ser mejores personas y no comernos el hígado unos a otros. El tipo siguió su marcha, seguramente creyendo que había ganado algo. Traté de volver a concentrarme en el peloteo, pero mi hija me preguntó: “¿Por qué iba tan rápido ese tonto, pa?”. Sabiduría de los que no conocen el rigor. Todavía.

El saludo, una costumbre en desuso


Ayer fui hasta la placita del barrio con mis hijas, y en el camino, mientras corría para no perder de vista a la más chica (mi bicicleta está pinchada, pero la suya es un violín) tuve tiempo de reflexionar en algunas cosas. ¿Quién dice que la falta de oxígeno le hace mal al cerebro? Primero pensé en el partido que River había perdido el día anterior, en una forma absurda; después pensé en mi abuela, que está jodida de una pierna y le duele al caminar; y cuando empezaba a pensar que el programita de ir hasta la plaza me estaba sacando las ganas de vivir, me crucé con un vecino, al que no conozco, que me saludó con una sonrisa y una inclinación de cabeza. Y troté la última cuadra hasta el club pensando en la suerte que tenemos los que vivimos acá, de poder saludarnos, como se hacía antes en cualquier calle de Buenos Aires. Una práctica que se fue perdiendo con el tiempo, y con la inseguridad. Ahora, afuera, es peligroso detenerse a cambiar unas palabras con cualquiera. La gente tiene miedo de salir, y cuando sale se apura en volver, para no tentar al destino. Me obligué a apartar esos negros pensamientos que tan poco bien me hacían y volví a concentrarme en mis hijas, que en ese momento dejaban sus bicicletas en el suelo y corrían hacia los juegos de la plaza. Ahí aflojé el ritmo y caminé los últimos metros, más relajado. El fastidio se había ido, reemplazado por una sensación de bienestar. Ahora me sentía un tipo afortunado. Con qué poco se arregla uno, ¿no?

Vecinos ilustres




"Estaba este tipo XXX en el centro comercial", le dije a mi mujer. "Mirá vos", me contestó. Me sentí un poco desanimado, la verdad. Pensé que la noticia del avistamiento del famoso en cuestión (cuyo nombre huelga decir) le iba a provocar algún tipo de reacción, pero no. "Capaz que vive acá en Nordelta", agregué. "O en alguno de los barrios estos de acá", dijo ella, en alusión a Altamira, Hacoaj, San Isidro Labrador, etc. Y ahí directamente me sentí medio estúpido. ¿Qué importancia tiene dónde vive este tipo? ¿Le voy a ir a pedir un poco de azúcar, si me olvidé de comprar la última vez que fui al super? ¿Vamos a salir a andar en bicicleta juntos? ¿Va a venir al próximo asado que haga? No. ¿Y entonces? Supongo que uno tiene la fantasía de que acá adentro, en este experimento gigante que alguien dio en llamar "ciudad pueblo", todos estamos al mismo nivel; famosos y no famosos, laburantes y ociosos. Y eso equilibra un poco la balanza de los egos. Esa igualdad nos hace sentirnos un poquito mejor a todos. Al famoso que quiere pasar desapercibido, y al tipo desconocido, que se da el lujo de cruzarse, quizás, con alguno de sus ídolos caminando por la troncal, en vivo y en directo. Eso sí: nada de pararse a pedirle un autógrafo, así el famoso en cuestión sea el mismísimo Lio Messi. ¡Ante todo, el glamour!

"La tarada de XXX casi me lleva puesta con el auto", me dijo mi mujer un par de días después. "¿En serio? ¿Dónde?", pregunté yo. "En el estacionamiento del Disco. Puso marcha atrás y ni se fijó si venía alguien". "Una idiota", la reconforté. Y, acto seguido, mi mente volvió a hacer la tonta asociación de siempre: "debe vivir por acá".

Rayos y centellas



Nunca habíamos visto una cosa así. Me acuerdo que fue el tercer día de dormir en nuestra casa nueva. Todavía no habían llegado las cortinas, así que los ventanales estaban desnudos en esa noche de tormenta. Parecía casi de día. Con el primer rayo, se cortó la luz. Nos miramos: “¿hay pararrayos en Nordelta?”. Por suerte, las chicas no se despertaron con el trueno. De repente, caían unas gotas que parecían baldes. Tuvimos el recuerdo de aquel granizo que había dejado todos los autos como cutis de quinceañero, llenos de pozos. Temimos por el auto que no dormía bajo techo. Hicimos un “piedra, papel o tijera” para ver quién trataba de taparlo con algo. Cuando perdí, imploré con ojos de perro mojado y mi mujer me dijo: “Okay, dejá. Lo que tenga que ser, será”. Y nos acurrucamos con el acolchado, como en un campamento, sentados frente a la ventana a mirar los rayos y centellas que dibujaban el cielo como en las películas de Drácula de 1950. Impresionante. Parecían venas que se llenaban de luz, garras que se estiraban para llevarnos al más allá. Las ventanas que habíamos pedido enormes y de doble vidrio, de pronto parecían frágiles. Tuvimos miedo (aunque es algo que no nos confesamos). "¿Aguantará?" - pensamos. "Y si no, ¿qué hacemos?". Pasada la una de la mañana, ya vencidos por el cansancio, volvimos a desempolvar la frase: "lo que tenga que ser, será"… y nos fuimos a dormir. A la mañana siguiente, sólo había algunas manchas de humedad en el family. Sin duda, la sacamos barata, para lo que habíamos imaginado.

Tardaron... pero llegaron



Llegaron los cines a Nordelta. Bueno, llegaron el obrador y la perforadora, ese armatoste que hace agujeros en la tierra. Los cines todavía no. Pero suponemos que es una cuestión de meses. Una buena noticia para los amantes del séptimo arte, y una opción más a la hora de salir a pasar un rato agradable, sin tener que irse hasta la Panamericana. Desde mi punto de vista, un golazo. Ok, lo confieso, soy un cinéfilo insoportable. De esos capaces de decir el nombre de los actores más ignotos cuando aparecen en la pantalla, aunque sea sólo por unos segundos. Un genial atributo para mostrar en la primera cita, ¿no? O en las trivias tipo “Carrera de mente”. Basta que toque una pregunta de arte para que todo el mundo te mire a vos, esperando la respuesta, como si la pintura, la escultura, la literatura (y demás disciplinas terminadas en "tura") y el cine fueran una misma cosa. ¡No, viejo! Uno es un especialista, no un sabelotodo. Ahora, eso sí: que la pregunta no sea el nombre de una película y no lo sepas, porque tu reputación se va al tacho automáticamente. No hay margen para el error. Anoche fuimos al cine con mi mujer, a ver la nueva película de Campanella y Darín. Excelente. Pero antes de la peli, lógicamente, tuvimos que tragarnos las consabidas "colas" de otros filmes. Y nos divertimos haciendo comentarios venenosos de la mayoría. "Qué bodrio va a ser ésta". "No pago una entrada para verla ni mamado". "¿Quién hizo el casting? ¿Polino?". Ah, porque no les conté: mi mujer también es una entendida en el tema. De hecho, lo primero que hizo cuando empezó la película fue gritar "Foco!", tratando de avisarle al proyectorista para que lo modificara, en caso de que no fuera consciente del problema. Creemos -no; estamos seguros- que no había nadie en la cabina, porque la película siguió así, borrosa, hasta el final. Pero valió la pena, igual. Cómo es el cerebro humano, ¿no? Lo que más me quedó grabado de anoche es el comentario de un hombre sentado atrás mío, que apenas empezó la peli y apareció Darín le susurró a su mujer "qué viejo que está". Todo un especialista en cine el tipo.

Una comadreja en mi jardín



No me acuerdo qué noche fue, pero era fin de semana. Estaba tirado en el sofá del “family” (ese nuevo espacio de la casa que antes era estar) mirando televisión sin mucho interés y quedándome dormido, cuando por el rabillo del ojo vi pasar algo por el jardín. Al principio creí que sería una rata. Está lleno de esas alimañas en las obras, y enfrente de casa hay una que la crisis detuvo hace más de 6 meses. Me levanté y me acerqué a la ventana, pero el bicho ya no estaba a la vista. Así que volví a desplomarme en el sillón y seguí haciendo zapping durante un rato, buscando algún programa que me sacara el sueño que tenía; o me sumergiera en él definitivamente. Al rato volví a verla pasar. Esta vez me levanté de un salto y corrí hasta la ventana. Tuve que apagar la luz del estar para poder verla, porque el reflejo en el vidrio no me dejaba ver. Y ahí estaba esa porquería con cara de ratón, medio pelada y con una cola larga y parada, como si tuviera miedo a ensuciársela al caminar. Nunca había visto uno de esos bichos así "face to face" y me acuerdo que pensé "qué feo, prefiero a las ratas". Como si me hubiera leído el pensamiento, el bicho detuvo su marcha (quién sabe a dónde) y me miró con sus ojos chiquitos y medio ciegos. Entonces abrí la ventana (siempre asegurándome de dejar el mosquitero puesto. Machos eran los de antes.) e intenté espantarla al grito de "fuiiira". Pero contrariamente a lo que podría pasar con un gato, una liebre o un perro, el bicho asqueroso ni se movió. Parece que no les tienen miedo a los humanos. Claro, con esos dientes, qué vivos. La cuestión es que me quedé ahí parado un par de minutos, contemplando a la espantosa criatura merodeando alegremente por mi jardín, hasta que por fin pareció aburrirse ella también y se fue por donde había venido. Volví al sillón y retomé el zapping, preguntándome si la intrusa saldría sólo de noche, o también de día. Y pensando en que mi mujer debería rever sus siestas al sol, tirada en el pastito.

Un chapuzón para el olvido





Era pleno enero, me acuerdo. Nos fuimos hasta el club a meternos en la pileta porque, como les habrá pasado a muchos, los arquitectos nos habían prometido la casa para Agosto, y resulta que cuatro meses después todavía faltaban “unos retoques” para que estuviera lista. El sol estaba tan fuerte que ni los pájaros se animaban a dejar su refugio en los árboles (okay, arbolitos. Árboles, lo que se dice árboles, no hay muchos en Nordelta). Las chicas no tardaron en meterse a la pileta, que estaba, lógicamente, atestada de deliciosas criaturas que gritaban, pataleaban y molestaban a los pocos adultos que se resguardaban bajo las sombrillas. Mi mujer no tenía muchas ganas de lucir sus curvas ante la troupe de desconocidos. Ese día no. Pero no le quedó otra, porque mi hija más chiquita no podía apañárselas sola contra los violentos chorros del skimmer. Así que se sacó la remera y se metió al agua con ella. Yo me quedé ahí parado, al borde, como una especie de bañero ad honorem, mirando como mi hija mayor nadaba sin preocupaciones con sus nuevos amigos. Dos minutos allí le habían bastado para aprenderse sus nombres. Mi mujer me miró desde el agua y me dijo "¿qué hacés ahí? Metete". Y no pude decir mucho contra la lógica del comentario. El calor era insoportable. Así que yo también me saqué la remera y me metí. Habremos estado ahí unos diez minutos. Hasta que los adorables niños de la colonia terminaron sus actividades recreativas en la malograda canchita de fútbol e invadieron la pileta, con sus flota-flota y sus antiparras, dejando una preciosa mancha de protección solar gigante, que quedó flotando en el agua por los siglos de los siglos, Amén. Fue demasiado para mi hija menor. Nos miramos con mi mujer y dijimos "time to go, honey". Salimos todos del agua, nos secamos y emprendimos el desagradable retorno a capital, y a nuestro pequeño y caluroso departamento. “Papá, ¿cuánto falta para que nos entreguen la casa?”, preguntó mi hija mayor. “Falta poco, mi amor. En unos días”, le contestó mi mujer. Yo no dije nada, pero al igual que ellas añoraba el momento en que pudiéramos bañarnos en nuestra propia pileta. Nuestra. Solitaria, pacífica y hermosa. Al otro día me empezaron a salir unas manchas extrañas en el pecho, que luego se extendieron a mi cara, mis brazos, etc. Varicela. A los veintinueve años. ¡Nadie puede tener tanta mala leche! Huelga decir que fue la primera y única vez que osé remojar mis partes en la pileta del club.