La espera, por ahora, no valió la pena


Después de varias postergaciones, el sábado 23 de Julio abrieron los cines de Nordelta. Decir que la expectativa era enorme sería inexacto, porque en realidad uno está acostumbrado a que las cosas nuevas funcionen bien. Así que más que expectativa, lo que había era ansiedad. Y alegría. No la alegría propia de un triunfo deportivo, ni la que provoca una buena noticia en la familia, ni un ascenso en el trabajo… ni siquiera la euforia de que tu hijo le de el primer puntapié certero a una pelota. Pero los vecinos estábamos contentos. Porque por fin el sueño se hacía realidad. Después de años de espera, finalmente, los vecinos de la ciudad pueblo íbamos a tener el privilegio de poder contar con un cine “propio”.

Gran sorpresa nos llevamos cuando una pareja de amigos, que fue el día del estreno con sus chicos, nos contó que, luego de esperar un rato largo en la sala para ver Cars 2 en 3D, el personal de los cines los invitó gentilmente a cambiarse de sala y ver Transformers 3, aduciendo problemas técnicos con la otra película y pidiendo disculpas. Discusión mediante, al final terminaron viendo Cars 2, pero en la versión 2D, una hora y media más tarde.

Algunos días después, un grupito que había ido a ver Medianoche en París sufrió varios sobresaltos durante la función, hasta que finalmente la cinta literalmente se incendió, y tuvieron que suspender –obviamente- la proyección. Cuentan que, más allá del fastidio lógico por no poder ver la película como corresponde, el momento más difícil lo pasaron después, cuando quisieron reclamar en la boletería que les devolvieran el dinero. Cosa que el personal de los cines terminó haciendo, no sin antes intentar resarcirlos con un voucher para otro día.

Con estos antecedentes, pero pensando que todos estos “problemitas técnicos” debían estar ya solucionados (nadie con dos dedos de frente que invierte tanto dinero en un negocio quiere empezarlo con el pie izquierdo, sabiendo lo importante que es el “boca a boca” en este tipo de cuestiones), a principios de la semana pasada fuimos con mi mujer a ver Loco y Estúpido Amor. Película que, dicho sea de paso, recomiendo si quieren reírse un rato.

Y el resultado tampoco fue satisfactorio. Desde el comienzo, la película estaba fuera de foco, y con los subtítulos “bailando” al pie de la pantalla. Dejamos pasar un par de minutos, confiando en que seguramente el proyectorista (dícese del flaco que pone a rodar la cinta y que se supone que tiene que monitorear que la calidad de la proyección sea óptima) iba a solucionar el problema. Pero no ocurrió tal cosa. Para cuando mi media naranja me aplicó un cortito al abdomen para que saliera a buscar a alguno de los chicos “encargados de sala”, ya era tarde. Yo tenía gente a mi izquierda y a mí derecha, y me negué a pasar por sobre ellos. En cambio, me acomodé en mi butaca y seguí esperando a que el milagro sucediera.

Pero claro. Los milagros, en asuntos sin importancia como este, nunca suceden. Así que vimos la película así, mal encuadrada, fuera de foco, con un sonido pésimo y las líneas de diálogo sacudiéndose sin parar como si tuvieran pulgas.

Cuando salimos, nos acercamos al mostrador que hace las veces de boletería para quejarnos. Y una de las chicas del staff, única sobreviviente a las once y pico de la noche de un día de semana, se sorprendió de que hubiéramos tenido semejantes inconvenientes técnicos. Y nos dijo que la próxima vez saliéramos a buscar a alguno de sus compañeros y le avisáramos lo que estaba pasando. Un error conceptual que nos ocupamos de explicarle. ¿Quién presta el servicio? ¿Ustedes o nosotros?

Un par de días después mandamos un mail a la sección “libro de quejas” del sitio de los cines, pero todavía no hemos tenido respuesta.

Les contamos todo esto no con ánimos de boicotearles el negocio a los del cine, sino para ver qué experiencia tuvieron ustedes. Y porque nos gustaría saber si las cosas mejoraron, para no volver a clavarnos viendo otra película en esas condiciones. Para que no se claven ustedes. ¡Si no nos ayudamos entre nosotros!

Cuéntennos: ¿les pasó algo similar?

Un cuestionario



Al principio, se nos ocurrió preguntar qué cosas de vivir en Nordelta disfrutaban más los vecinos. Pero las respuestas que nos dieron los cinco consultados tenían menos gracia que churro sin dulce de leche. Así que cambiamos la consigna y les preguntamos qué cosas cambiarían en la ciudad pueblo, si pudieran. Acá van las ilustrativas respuestas:


VECINO 1
“Cambiaría de lugar los edificios espantosos que edificaron sobre la troncal. Los mandaría al fondo, donde está Naval Motors (donde no se vean, bah). Y ensancharía la bicisenda. Los fines de semana se hace muy peligroso transitar por ahí sin el seguro al día”.

VECINO 2
 “Le cambiaría el nombre a algunos barrios. Cabos del Lago me suena muy policíaco. Y Castores, por ejemplo. ¿Por qué le pusieron así, si son nutrias las que hay en el lago? ¿No ven Discovery Channel HD?”

VECINO 3
 “Ampliaría el horario permitido para las fiestas. Tener que cortar a las tres de la mañana, con lo que pagamos por el alquiler de los houses, es ridículo. Casi tanto como este cuestionario”.

 VECINO 4
 “¿Qué cambiaría? Le sacaría un poco de gente. Nordelta ya no es lo que era. Me gustaba más antes, cuando éramos menos y nos conocíamos todos. A propósito, todavía me debés veinte mangos del año pasado. Así que poniendo estaba la gansa”.

 VECINO 5
 “Yo le agregaría más árboles. Comparado con otros barrios cerrados de la zona, Nordelta parece un desierto. ¡Traen un mono acá, y se muere de embole! Salvo que traigan dos...”.

Una de perros


10 PM de un día cualquiera. Avenida de los Lagos. Dos perros cuzcos trotan despreocupadamente por la bicisenda, mientras conversan (en idioma perro, obvio).

-         Tengo un hambre que no veo- dijo el más grande.
-         No comiste nada hoy? – preguntó el otro.
-         Algo. Estuve picoteando de una bolsa que dejaron en la puerta de uno de estos barrios… No me acuerdo el nombre…
-         Se llaman todos parecido.
-         Y qué querés? A estos ricachones no se les cae una idea. Vos? Morfaste?
-         Un cuis que encontré aplastado, por allá atrás.

El perro más grandote puso cara de asco. Siguieron caminando un rato.

-         Viste el partido anoche? – preguntó el más chico.
-         No. Si no tengo tele. – contestó el otro. – Vos lo viste?
-         Me asomé a la ventana de una casa. Jugando así, se van al descenso.
-         Son once perros!
-         Tendrían que estar acá con nosotros, comiendo de la basura para sobrevivir.

Se rieron los dos perros. Con qué poco se les podía arrancar una sonrisa!

-         Che, a dónde estamos yendo? – se inquietó el más grande.
-         Qué sé yo – se encogió de hombros el otro. – A buscar más comida. Cuando nos crucemos con alguno de estos giles que sale a correr, ponele cara de pobrecito, a ver si nos adopta.
-         Estás loco? Prefiero vivir en la calle que encerrado en la casa de uno de estos burgueses, comiendo alimento balanceado y teniendo que bañarme una vez por semana.
-         Tenés razón. Mejor nos hacemos los distraídos y listo.

Caminaron un par de kilómetros más, hasta que vieron que allá adelante se veía una garita de seguridad.

-         Uy, y ahora? Cómo hacemos para pasar? Vos tenés tarjeta?
-         No. Pero pegate al alambre que no nos ven.

Y así enfilaron hacia el puesto de control, donde un improvisado agente de la ley miraba el monitor de las cámaras de seguridad, mientras picoteaba de un tupper un guiso medio frío y pegotoso.

“Él no está mucho mejor que nosotros”, pensó el perro más petiso, mientras pasaban la barrera sin ser vistos. Era un pichicho sin marca ni pedigree, pero con mucha conciencia social.


La última cruzada


No, no estoy hablando de la película de Indiana Jones, sino de algo que me pasó la semana pasada en la troncal. Venía yo caminando, a media mañana, en un día ocioso, lo más pancho... cuando cometí la osadía de querer cruzar desde la puerta de Las Glorietas hacia la bicisenda que está del otro lado de la avenida. Como tipo cauteloso que soy, primero me paré al costadito. Después miré para un lado, para el otro. Y cuando vi que el único vehículo a la vista estaba todavía a unos doscientos metros (más o menos, tampoco tengo vista de Google Earth), empecé a cruzar el primer tramo de la troncal.

Ah, qué pleno me sentía esa mañana! El solcito dándome en la cara, los pajaritos cantando, algún cuis asomándose desde los arbustos, casi como dándome la bienvenida a sus dominios... Un momento de relax total, digamos. Con ese pensamiento en la cabeza llegué a la mitad del camino. Es decir, a la isleta que divide una mano de la avenida de la otra. Entonces volví a mirar en dirección al vehículo -que era una rabiosa camioneta negra tipo 4 X 4, de una marca que no voy a mencionar pero que ahora está por todos lados porque, según dicen, está muy barata. Ja!-, y me di cuenta de que venía un poquito rápido. Era difícil determinar, desde donde yo estaba y sin sensor incorporado mediante, su velocidad exacta; pero pasaba holgadamente la máxima permitida.

Ahí fue cuando cometí un error que podría haber significado el fin de mis días en Nordelta. Y en la Tierra también: confié en la sensatez del prójimo.

Viendo que a la camioneta todavía le faltaban, digamos, unos setenta, ochenta metros para llegar a donde yo estaba, empecé a cruzar el último tramo de la troncal. Y cuando había llegado a la mitad, la camioneta, lejos de disminuir la velocidad, pareció acelerar... pero yo mantuve mis esperanzas de que llegado el momento, el tipo (que después resultó ser una mina, me pasó tan cerca que tuve oportunidad de mirarle el escote), iba a frenar...

Bueno, no frenó. Me faltaban todavía dos metros para alcanzar la otra orilla de la avenida, cuando sentí un zumbido a centímetros de mi espalda... y la carrocería de la chata me pasó por atrás sin siquiera mirarme. Por supuesto, la simpática conductora (que o iba chequeando sus mails en su Blackberry o es simplemente estúpida) siguió su camino sin reparar en mí, ni en mi dedo medio levantado, que la mandaba a... lavar los platos, ponele.

Me acuerdo que me puse a caminar por la bicisenda y me temblaban las piernas. El mal humor que me produjo el incidente me duró hasta la noche. Me puse a ver a Tinelli y se me pasó (¡!).

Hablando en serio, parece ser que la senda peatonal es un invento que ha quedado inútil, como el fax o la Commodore 64. En estos días pusieron un semáforo para peatones a la altura de Portezuelo. Ojalá funcione, porque acá se necesitan muchos más como ese.

Si vamos a esperar que la gente tenga respeto por el otro, estamos en el horno.

Nordelta: SIMCITY Exclusivo


Si te quedás quieto, ¡te pisa un departamento! Esa es la sensación que da hoy en día esto de vivir en Nordelta. Por un lado está buenísimo que se siga creciendo, porque todavía faltan cosas por desarrollar. Una de las cosas que se logró con el crecimiento de la población nordelteña es que el Centro Médico va a estar abierto las 24hs. Ahora parece que la cantidad de gente lo justifica. También van a llegar la iglesia y el centro cultural de la Comunidad Judía, que son grandes logros. Pero, esto da la sensación de que se les está yendo de las manos. A veces nos sentimos un poco metidos en un Simcity (nota para mayores de cuarenta y cinco: juego de computadora donde hay que ir armando tu propia ciudad). Cada día que pasa tenés una rotonda nueva, un edificio por acá, un pozo por allá… un médico a la derecha, por favor!


Si uno va a Capital o “el centro” cualquier día de semana se encuentra hoy, sin que esos departamentos estén poblados, con una salida embotellada. Haciendo una cuenta rápida, si esos departamentos van a dar vivienda a 1000 familias, como se calcula, va a haber que sumarle a ese tráfico 1000 autos más. Ponele 800, porque hoy me desperté generoso.

En una reunión el otro día, alguien comentó que el aumento de la población es algo buscado. Que las autoridades de Nordelta lo que quieren es llegar a tener intendente propio, y que para eso necesitan llegar a los 100.000 habitantes. Y claro, sumando casas este crecimiento se hace muy lento. Así se explica que en cualquier terrenito más o menos razonable, ahora te planten un edificio.

Es cierto también que los departamentos que se dice van a levantar junto al Northlands les darán a los chicos más grandes de los colegios una posibilidad de salir a almorzar afuera. Porque se supone que van a ser como los edificios de la Bahía, con bares y comercios abajo. Pero también es cierto que va a haber más movimiento de autos por la Avenida de los Colegios, y eso va a hacer más peligrosa la salida de los alumnos. Y si ya hoy es un caos total!

Ahí uno se pregunta qué prefiere. Si que su hijo de 12 avo. año tenga dónde salir a almorzar, o si prefiere que el de 4to año que va solo en bicicleta al cole no corra peligro de muerte todas las mañanas.

Otro tema es la bicisenda, que ya pasó a ser un despropósito. Con tanto movimiento de gente es peligrosa, sobre todo porque casi nadie se acuerda que existe, o directamente prefiere ignorar la senda peatonal. Tan es así que los chicos necesitan la presencia de un guardia de tránsito para que los automovilistas respeten una regla tácita que es muy clara en el mundo civilizado: “la prioridad de paso la tiene el peatón, DETÉNGASE!”

A veces, viendo todo esto, con mi mujer tenemos miedo de haber soñado demasiado cuando decidimos venir a instalarnos a Nordelta. Lo que más bronca da, es que todas estas cosas son serían evitables con un poco más de educación y un poco menos de ambición. Ojalá que en un futuro cambien.

No puede ser tan difícil

Hace mucho que no escribíamos nada en el blog. No por falta de ganas, sino porque nos costó encontrar algo de qué hablar que no nos hiciera parecer negativos o pesimistas. Últimamente, todo lo que oímos son malas noticias. Robos, terremotos, peleas entre políticos. Y la idea de esta página es tratar de evadirnos de todo eso, al menos por un rato.

Pero cuesta. Al menos desde acá, cuesta bastante. Porque tampoco se trata de desconectarnos del mundo. Nordelta no es una cápsula estanca anclada al lecho marino. Es un conjunto de barrios, una pequeña ciudad dentro de una provincia, dentro de un país, dentro del mundo. Anoche pensábamos en eso con mi mujer, mientras mirábamos en internet un video que hicieron varios artistas en conmemoración de los veinticinco años de USA for Africa, y aquel recordado "We are the world". Una especie de remake, digamos, pero esta vez para ayudar a las víctimas de la tragedia de Haití.

Las imágenes de los heridos son durísimas, y enseguida tuvimos que abandonar. Ya que estábamos con los ojos húmedos, le pedí a mi mujer que tipeara un nombre en el buscador de youtube. Un video que yo ya había visto, y que me pareció que ella tenía que ver también. Se trata de un grupo de gente cantando la misma canción, pero por separado. Artistas callejeros que, ayudados por unos auriculares, intentan llevar el ritmo de algunos temas mundialmente conocidos, con sus propios instrumentos (algunos de los cuáles parecen haber sido fabricados por ellos mismos). Y lo hacen muy bien. Tanto que, si no te largás a llorar, o sos muy machote, o no te corre sangre por las venas.

¿Qué quiero decir con todo esto? No lo sé. Pero anoche me fui a dormir pensando qué fácil se terminarían muchos de los problemas del mundo, si la gente que realmente puede hacer la diferencia, los tipos con poder, se pusieran las pilas y dejaran de llenarse los bolsillos a costa del prójimo. Todos queremos vivir bien. ¿Pero hace falta tanto para eso? ¿Los tipos más pulenta del planeta nunca se paran a pensar que son tan mortales como el resto de la gente? ¿Que un día les va a dar un infarto y se van a ir al otro lado con una cuenta bancaria abultadísima, cuando esa plata podría servir, hoy, para ayudar a un montón de tipos que lo necesitan? Algunos donarán cuantiosas sumas para obras de caridad, seguramente. Pero con eso evidentemente no alcanza. No sé. Es lo que siento ahora. Estaría bueno que, de vez en cuando, ellos también se dieran una vuelta por youtube. No digo que vayan al Chaco, ni que se den una vuelta por las villas del conurbano bonaerense. Sería pedir demasiado.

Si les interesa, tipeen "playing for change" en el buscador del "tubo". O hagan click en este vínculo.

http://www.youtube.com/watch?v=Us-TVg40ExM

No se asusten. El mensaje es esperanzador. Y no hace falta saber inglés para entenderlo.

Que te morai, nomás!




Pocas veces mejor aplicada la frase que cuando uno intenta comunicarse con el Centro Médico Nordelta. Uno pasa del disquito de bienvenida a una serie de rings, que inevitablemente terminan en un silencio profundo. En esos momentos pensás “menos mal que llamo para sacar un turno y no por una emergencia”…

Lo que me recuerda… que una vez tuve que llamar por una emergencia. Estaba en casa y mi mujer se preparaba para salir con sus amigas de capital. Las criaturas se iban con ella, por suerte. ¡Así que estaba libre! Saqué del freezer una bolsa de patitas de pollo (antes Chickenitos), que es una de las dos cosas que sé cocinar solo (la otra es fideos, con manteca), y me dispuse a prender el horno. Y acá entra a jugar la Gracia Divina. ¿Por qué?, se preguntarán. Porque a) se me ocurrió hacer esto antes de que se fuera mi mujer. Y b) se me ocurrió hacerlo antes de las ocho de la noche. Y lo del horario, en casos como este, es clave. Acá en Nordelta, SIEMPRE HAY QUE LASTIMARSE DESPUÉS DE LAS 8 AM Y ANTES DE LAS 8 PM. Anótenlo en un post-it y péguenlo en la heladera. Continuando con el relato… abrí la puerta del horno, y me di cuenta de que no había agarrado los fósforos. Me estiré para alcanzarlos (los arquitectos colocaron las repisas muy altas y sólo un gigante llegaría a agarrar algo de ahí sin esfuerzo), y cuando volví a girar hacia la puerta abierta del horno, me corté con una saliente de metal filoso -que por alguna extraña razón a los diseñadores de DOMEC les pareció fundamental poner en su nuevo modelito- y me hice un tajo de aproximadamente 10 cm. de largo, del que empezó a manar una sangre espesa y horriblemente mía.

¿Mi reacción? Ninguna. Parálisis total. Lo único que hice fue decir un epíteto, que no voy a reproducir en estas páginas, como si eso solucionara de algún modo el problema. Mi mujer, que ya me conoce, preguntó desde el living “¿qué pasó?”. La pobre creía que mi puteada era para el horno, porque no prendía o algo así. Así que cuando entró a la cocina y me encontró parado en un charco de sangre… bueno, digamos que se sorprendió. Pero no tardó en reaccionar. Volvió a salir y en menos de un minuto ya había vuelto con una gasa estéril, un pañuelo para apretarme la herida y había terminado de vestir a las chicas para subir todos al auto y salir de urgencia a que me viera un médico. Le pedí un segundo para llamar al Centro Médico, para ver si estaban en condiciones de atenderme ahí. La primera vez no me contestó nadie.

Mi mujer empezó a impacientarse. “Vamos!”. Intenté una vez más, pero tampoco me contestaron. “Última vez y si no, vamos”, pensé. Me atendió una chica muy desganada, indicando claramente que estaba llamando a diez minutos de la hora de cierre, y le pregunté si había alguien para coserme, o si me convenía ir a otro lado. No soy muy bueno para negociar, no. La chica vió la oportunidad de zafar y me dijo que me fuera al Lomas. En veinte minutos estábamos en San Isidro, y el cuento terminó bien. Me anestesiaron la pierna y me cosieron con un hilo negro muy monono, y me quedó una cicatriz de la que puedo jactarme con mis hijas, y hacerles creer a veces que su padre fue en una época un guerrero ninja o algo por el estilo.

Ojo, en Las Lomas tuve que esperar como una hora a que viniera un cirujano, y ahí entendí por qué la chica de Nordelta me fletó. Si hacía ir al médico hasta allá iba a tener que cerrar a las 9, o 9 y pico de la noche. ¡Imagínense! ¡Un Centro Médico con servicio nocturno! ¡¿Dónde se vio?!

La cuestión es que seguimos haciendo emprendimientos, levantando edificios, invirtiendo plata para que cada vez más gente viva en Nordelta… pero parece que no alcanza la guita para extender el horario de nuestro hospital, ni tampoco para mejorar el servicio. Incomprensible.

Pero en fin… mirémosle también el lado positivo. El otro día, en ocasión de un incendio en Castores, el camión de los bomberos llegó al lugar, según una amiga que fue testigo, quince minutos después de que dieran la voz de alarma (y por suerte no hubo que lamentar víctimas). Bastante bien.

Menos para los pobres dueños de la casa, claro.

Son las once de la noche. Voy a llamar al Centro Médico, a ver si me atiende alguien. Sólo para probar.