"Estaba este tipo XXX en el centro comercial", le dije a mi mujer. "Mirá vos", me contestó. Me sentí un poco desanimado, la verdad. Pensé que la noticia del avistamiento del famoso en cuestión (cuyo nombre huelga decir) le iba a provocar algún tipo de reacción, pero no. "Capaz que vive acá en Nordelta", agregué. "O en alguno de los barrios estos de acá", dijo ella, en alusión a Altamira, Hacoaj, San Isidro Labrador, etc. Y ahí directamente me sentí medio estúpido. ¿Qué importancia tiene dónde vive este tipo? ¿Le voy a ir a pedir un poco de azúcar, si me olvidé de comprar la última vez que fui al super? ¿Vamos a salir a andar en bicicleta juntos? ¿Va a venir al próximo asado que haga? No. ¿Y entonces? Supongo que uno tiene la fantasía de que acá adentro, en este experimento gigante que alguien dio en llamar "ciudad pueblo", todos estamos al mismo nivel; famosos y no famosos, laburantes y ociosos. Y eso equilibra un poco la balanza de los egos. Esa igualdad nos hace sentirnos un poquito mejor a todos. Al famoso que quiere pasar desapercibido, y al tipo desconocido, que se da el lujo de cruzarse, quizás, con alguno de sus ídolos caminando por la troncal, en vivo y en directo. Eso sí: nada de pararse a pedirle un autógrafo, así el famoso en cuestión sea el mismísimo Lio Messi. ¡Ante todo, el glamour!
"La tarada de XXX casi me lleva puesta con el auto", me dijo mi mujer un par de días después. "¿En serio? ¿Dónde?", pregunté yo. "En el estacionamiento del Disco. Puso marcha atrás y ni se fijó si venía alguien". "Una idiota", la reconforté. Y, acto seguido, mi mente volvió a hacer la tonta asociación de siempre: "debe vivir por acá".



