Vecinos ilustres




"Estaba este tipo XXX en el centro comercial", le dije a mi mujer. "Mirá vos", me contestó. Me sentí un poco desanimado, la verdad. Pensé que la noticia del avistamiento del famoso en cuestión (cuyo nombre huelga decir) le iba a provocar algún tipo de reacción, pero no. "Capaz que vive acá en Nordelta", agregué. "O en alguno de los barrios estos de acá", dijo ella, en alusión a Altamira, Hacoaj, San Isidro Labrador, etc. Y ahí directamente me sentí medio estúpido. ¿Qué importancia tiene dónde vive este tipo? ¿Le voy a ir a pedir un poco de azúcar, si me olvidé de comprar la última vez que fui al super? ¿Vamos a salir a andar en bicicleta juntos? ¿Va a venir al próximo asado que haga? No. ¿Y entonces? Supongo que uno tiene la fantasía de que acá adentro, en este experimento gigante que alguien dio en llamar "ciudad pueblo", todos estamos al mismo nivel; famosos y no famosos, laburantes y ociosos. Y eso equilibra un poco la balanza de los egos. Esa igualdad nos hace sentirnos un poquito mejor a todos. Al famoso que quiere pasar desapercibido, y al tipo desconocido, que se da el lujo de cruzarse, quizás, con alguno de sus ídolos caminando por la troncal, en vivo y en directo. Eso sí: nada de pararse a pedirle un autógrafo, así el famoso en cuestión sea el mismísimo Lio Messi. ¡Ante todo, el glamour!

"La tarada de XXX casi me lleva puesta con el auto", me dijo mi mujer un par de días después. "¿En serio? ¿Dónde?", pregunté yo. "En el estacionamiento del Disco. Puso marcha atrás y ni se fijó si venía alguien". "Una idiota", la reconforté. Y, acto seguido, mi mente volvió a hacer la tonta asociación de siempre: "debe vivir por acá".

Rayos y centellas



Nunca habíamos visto una cosa así. Me acuerdo que fue el tercer día de dormir en nuestra casa nueva. Todavía no habían llegado las cortinas, así que los ventanales estaban desnudos en esa noche de tormenta. Parecía casi de día. Con el primer rayo, se cortó la luz. Nos miramos: “¿hay pararrayos en Nordelta?”. Por suerte, las chicas no se despertaron con el trueno. De repente, caían unas gotas que parecían baldes. Tuvimos el recuerdo de aquel granizo que había dejado todos los autos como cutis de quinceañero, llenos de pozos. Temimos por el auto que no dormía bajo techo. Hicimos un “piedra, papel o tijera” para ver quién trataba de taparlo con algo. Cuando perdí, imploré con ojos de perro mojado y mi mujer me dijo: “Okay, dejá. Lo que tenga que ser, será”. Y nos acurrucamos con el acolchado, como en un campamento, sentados frente a la ventana a mirar los rayos y centellas que dibujaban el cielo como en las películas de Drácula de 1950. Impresionante. Parecían venas que se llenaban de luz, garras que se estiraban para llevarnos al más allá. Las ventanas que habíamos pedido enormes y de doble vidrio, de pronto parecían frágiles. Tuvimos miedo (aunque es algo que no nos confesamos). "¿Aguantará?" - pensamos. "Y si no, ¿qué hacemos?". Pasada la una de la mañana, ya vencidos por el cansancio, volvimos a desempolvar la frase: "lo que tenga que ser, será"… y nos fuimos a dormir. A la mañana siguiente, sólo había algunas manchas de humedad en el family. Sin duda, la sacamos barata, para lo que habíamos imaginado.

Tardaron... pero llegaron



Llegaron los cines a Nordelta. Bueno, llegaron el obrador y la perforadora, ese armatoste que hace agujeros en la tierra. Los cines todavía no. Pero suponemos que es una cuestión de meses. Una buena noticia para los amantes del séptimo arte, y una opción más a la hora de salir a pasar un rato agradable, sin tener que irse hasta la Panamericana. Desde mi punto de vista, un golazo. Ok, lo confieso, soy un cinéfilo insoportable. De esos capaces de decir el nombre de los actores más ignotos cuando aparecen en la pantalla, aunque sea sólo por unos segundos. Un genial atributo para mostrar en la primera cita, ¿no? O en las trivias tipo “Carrera de mente”. Basta que toque una pregunta de arte para que todo el mundo te mire a vos, esperando la respuesta, como si la pintura, la escultura, la literatura (y demás disciplinas terminadas en "tura") y el cine fueran una misma cosa. ¡No, viejo! Uno es un especialista, no un sabelotodo. Ahora, eso sí: que la pregunta no sea el nombre de una película y no lo sepas, porque tu reputación se va al tacho automáticamente. No hay margen para el error. Anoche fuimos al cine con mi mujer, a ver la nueva película de Campanella y Darín. Excelente. Pero antes de la peli, lógicamente, tuvimos que tragarnos las consabidas "colas" de otros filmes. Y nos divertimos haciendo comentarios venenosos de la mayoría. "Qué bodrio va a ser ésta". "No pago una entrada para verla ni mamado". "¿Quién hizo el casting? ¿Polino?". Ah, porque no les conté: mi mujer también es una entendida en el tema. De hecho, lo primero que hizo cuando empezó la película fue gritar "Foco!", tratando de avisarle al proyectorista para que lo modificara, en caso de que no fuera consciente del problema. Creemos -no; estamos seguros- que no había nadie en la cabina, porque la película siguió así, borrosa, hasta el final. Pero valió la pena, igual. Cómo es el cerebro humano, ¿no? Lo que más me quedó grabado de anoche es el comentario de un hombre sentado atrás mío, que apenas empezó la peli y apareció Darín le susurró a su mujer "qué viejo que está". Todo un especialista en cine el tipo.

Una comadreja en mi jardín



No me acuerdo qué noche fue, pero era fin de semana. Estaba tirado en el sofá del “family” (ese nuevo espacio de la casa que antes era estar) mirando televisión sin mucho interés y quedándome dormido, cuando por el rabillo del ojo vi pasar algo por el jardín. Al principio creí que sería una rata. Está lleno de esas alimañas en las obras, y enfrente de casa hay una que la crisis detuvo hace más de 6 meses. Me levanté y me acerqué a la ventana, pero el bicho ya no estaba a la vista. Así que volví a desplomarme en el sillón y seguí haciendo zapping durante un rato, buscando algún programa que me sacara el sueño que tenía; o me sumergiera en él definitivamente. Al rato volví a verla pasar. Esta vez me levanté de un salto y corrí hasta la ventana. Tuve que apagar la luz del estar para poder verla, porque el reflejo en el vidrio no me dejaba ver. Y ahí estaba esa porquería con cara de ratón, medio pelada y con una cola larga y parada, como si tuviera miedo a ensuciársela al caminar. Nunca había visto uno de esos bichos así "face to face" y me acuerdo que pensé "qué feo, prefiero a las ratas". Como si me hubiera leído el pensamiento, el bicho detuvo su marcha (quién sabe a dónde) y me miró con sus ojos chiquitos y medio ciegos. Entonces abrí la ventana (siempre asegurándome de dejar el mosquitero puesto. Machos eran los de antes.) e intenté espantarla al grito de "fuiiira". Pero contrariamente a lo que podría pasar con un gato, una liebre o un perro, el bicho asqueroso ni se movió. Parece que no les tienen miedo a los humanos. Claro, con esos dientes, qué vivos. La cuestión es que me quedé ahí parado un par de minutos, contemplando a la espantosa criatura merodeando alegremente por mi jardín, hasta que por fin pareció aburrirse ella también y se fue por donde había venido. Volví al sillón y retomé el zapping, preguntándome si la intrusa saldría sólo de noche, o también de día. Y pensando en que mi mujer debería rever sus siestas al sol, tirada en el pastito.

Un chapuzón para el olvido





Era pleno enero, me acuerdo. Nos fuimos hasta el club a meternos en la pileta porque, como les habrá pasado a muchos, los arquitectos nos habían prometido la casa para Agosto, y resulta que cuatro meses después todavía faltaban “unos retoques” para que estuviera lista. El sol estaba tan fuerte que ni los pájaros se animaban a dejar su refugio en los árboles (okay, arbolitos. Árboles, lo que se dice árboles, no hay muchos en Nordelta). Las chicas no tardaron en meterse a la pileta, que estaba, lógicamente, atestada de deliciosas criaturas que gritaban, pataleaban y molestaban a los pocos adultos que se resguardaban bajo las sombrillas. Mi mujer no tenía muchas ganas de lucir sus curvas ante la troupe de desconocidos. Ese día no. Pero no le quedó otra, porque mi hija más chiquita no podía apañárselas sola contra los violentos chorros del skimmer. Así que se sacó la remera y se metió al agua con ella. Yo me quedé ahí parado, al borde, como una especie de bañero ad honorem, mirando como mi hija mayor nadaba sin preocupaciones con sus nuevos amigos. Dos minutos allí le habían bastado para aprenderse sus nombres. Mi mujer me miró desde el agua y me dijo "¿qué hacés ahí? Metete". Y no pude decir mucho contra la lógica del comentario. El calor era insoportable. Así que yo también me saqué la remera y me metí. Habremos estado ahí unos diez minutos. Hasta que los adorables niños de la colonia terminaron sus actividades recreativas en la malograda canchita de fútbol e invadieron la pileta, con sus flota-flota y sus antiparras, dejando una preciosa mancha de protección solar gigante, que quedó flotando en el agua por los siglos de los siglos, Amén. Fue demasiado para mi hija menor. Nos miramos con mi mujer y dijimos "time to go, honey". Salimos todos del agua, nos secamos y emprendimos el desagradable retorno a capital, y a nuestro pequeño y caluroso departamento. “Papá, ¿cuánto falta para que nos entreguen la casa?”, preguntó mi hija mayor. “Falta poco, mi amor. En unos días”, le contestó mi mujer. Yo no dije nada, pero al igual que ellas añoraba el momento en que pudiéramos bañarnos en nuestra propia pileta. Nuestra. Solitaria, pacífica y hermosa. Al otro día me empezaron a salir unas manchas extrañas en el pecho, que luego se extendieron a mi cara, mis brazos, etc. Varicela. A los veintinueve años. ¡Nadie puede tener tanta mala leche! Huelga decir que fue la primera y única vez que osé remojar mis partes en la pileta del club.