Un chapuzón para el olvido





Era pleno enero, me acuerdo. Nos fuimos hasta el club a meternos en la pileta porque, como les habrá pasado a muchos, los arquitectos nos habían prometido la casa para Agosto, y resulta que cuatro meses después todavía faltaban “unos retoques” para que estuviera lista. El sol estaba tan fuerte que ni los pájaros se animaban a dejar su refugio en los árboles (okay, arbolitos. Árboles, lo que se dice árboles, no hay muchos en Nordelta). Las chicas no tardaron en meterse a la pileta, que estaba, lógicamente, atestada de deliciosas criaturas que gritaban, pataleaban y molestaban a los pocos adultos que se resguardaban bajo las sombrillas. Mi mujer no tenía muchas ganas de lucir sus curvas ante la troupe de desconocidos. Ese día no. Pero no le quedó otra, porque mi hija más chiquita no podía apañárselas sola contra los violentos chorros del skimmer. Así que se sacó la remera y se metió al agua con ella. Yo me quedé ahí parado, al borde, como una especie de bañero ad honorem, mirando como mi hija mayor nadaba sin preocupaciones con sus nuevos amigos. Dos minutos allí le habían bastado para aprenderse sus nombres. Mi mujer me miró desde el agua y me dijo "¿qué hacés ahí? Metete". Y no pude decir mucho contra la lógica del comentario. El calor era insoportable. Así que yo también me saqué la remera y me metí. Habremos estado ahí unos diez minutos. Hasta que los adorables niños de la colonia terminaron sus actividades recreativas en la malograda canchita de fútbol e invadieron la pileta, con sus flota-flota y sus antiparras, dejando una preciosa mancha de protección solar gigante, que quedó flotando en el agua por los siglos de los siglos, Amén. Fue demasiado para mi hija menor. Nos miramos con mi mujer y dijimos "time to go, honey". Salimos todos del agua, nos secamos y emprendimos el desagradable retorno a capital, y a nuestro pequeño y caluroso departamento. “Papá, ¿cuánto falta para que nos entreguen la casa?”, preguntó mi hija mayor. “Falta poco, mi amor. En unos días”, le contestó mi mujer. Yo no dije nada, pero al igual que ellas añoraba el momento en que pudiéramos bañarnos en nuestra propia pileta. Nuestra. Solitaria, pacífica y hermosa. Al otro día me empezaron a salir unas manchas extrañas en el pecho, que luego se extendieron a mi cara, mis brazos, etc. Varicela. A los veintinueve años. ¡Nadie puede tener tanta mala leche! Huelga decir que fue la primera y única vez que osé remojar mis partes en la pileta del club.

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