Cuando nos mudamos acá, nuestra primera casa, decidimos que íbamos a mantener el jardín nosotros mismos. No nos parecía lógico, con un lote tan chico y sin muchas plantas, pagarle a un jardinero sólo para que cortara el pasto. Así que fuimos y compramos una cortadora eléctrica, una bordeadora y unas palas. La primera vez cortamos el pasto entre mi mujer y yo, con gran esfuerzo por el desnivel del terreno y con mucho cuidado de no pasarle por encima al cable eterno, y quedarnos pegados. Era una tarea absolutamente nueva para nosotros. ¿Cómo era mejor pasar la máquina? ¿Por sectores? ¿O ir de una punta a la otra del jardín, para luego volver en la dirección contraria? Todo un dilema. Después de algunas discusiones conseguimos definir la mejor manera de ir y venir para optimizar los movimientos. Uno se encargaría de las grandes superficies, y el otro usaría la bordeadora para emprolijar las partes más cercanas a los alambres y demás. Aunque no quedó diez puntos, fue una faena de lo más satisfactoria, y la terminamos en una dos horitas, más o menos.
El fin de semana siguiente, tuvimos visitas. Se fueron ya entrada la noche, así que pateamos el tema del pasto para otro día. Durante la semana siguiente, tuvimos mucho trabajo y ninguno de los dos llegó a casa con ánimos de hacer de jardinero. El sábado mi mujer me tiró su clásica frase manipuladora: “vas a cortar el pasto o lo hago yo?”. Dicho así, sonaba injusto. Aunque estaba claro que los dos convinimos en no contratar a un jardinero, correspondía que yo me arremangara y me pusiera a trabajar en ello. Porque me tocó ser el hombre de la casa. A veces, me pregunto si no hubiera sido negocio nacer mujer. Le dije a mi mujer que me ocuparía del tema después de almorzar. Cuando estaba preparando la comida (ella, no yo. Por eso Dios me hizo varón. ¡Gracias!), llamaron para un partido en el club y la dejé colgada. Cuando volví, a las siete de la tarde, vi la cortadora en la galería, con el cable enroscadito en el manillar, como esperándome. Y mi mujer me puso una de sus típicas caras de reproche. “Ni te bañes”, dijo como para enfatizar que le debía algo. Entonces hice de tripas corazón, me saqué los botines y me dispuse a enchufar la máquina. Pero el alargador no estaba a la vista. Buscamos por toda la casa. Nada. Y todo el mundo sabe que sin el alargador no se puede cortar. Oscureció. El pasto quedó para otro día. Y así lo fuimos pateando otra semana más. Hasta que la desprolijidad de nuestro jardín empezó a hacerse notar entre los vecinos. No es que nos dijeran nada. Pero yo se los veía en la mirada. “Cortá el pasto, vago de miércoles. ¡Que me estás llenando la casa de mosquitos”, parecían acusarnos esos ojos. Era obvio que teníamos que hacer algo. Nos pasaron el dato de que había un jardinero trabajando en el barrio, que cortaba bien y barato. Desde hace tres años, corta el pasto en casa todas las semanas, cuando la lluvia no se lo impide. Ya no nos parece tan ilógico, y mi espalda se lo agradece.

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