Y vino el gordo nomás...



Como habrán adivinado por la foto, me estoy refiriendo a Papá Noel. Este año no le tenía mucha fe, pero la verdad que se portó bastante bien. Sobre todo con las chicas, que son las que importan. A mi mujer y a mí no nos tocó nada (no tuvimos tiempo de mandarlo a comprar nada). Y no es la primera vez que nos pasa. Será por eso, a lo mejor, que desde hace un tiempo se ha venido perdiendo esa magia que para mí tenía la Navidad. Y no se trata de simple materialismo. Todos, y no solamente los niños, necesitamos algo en qué creer. Algo que escape de nuestra "todopoderosa" lógica, y nos deje sin respuesta. Algo tan increíble y tan genial que nos haga olvidar, al menos por una noche, que el mundo se ha convertido en un lugar oscuro, donde la gente cada vez se saluda menos y se encierra más en su propia casa, para mantenerse a salvo de los demás.


La navidad es una de esas oportunidades que nos da el calendario para revertir esa tendencia. Para que nos acordemos que no estamos solos, y que siempre hay alguien dispuesto a tendernos una mano, o recibirnos en su casa, o convidarnos un pedazo de pandulce, sin pedir nada a cambio, más que nuestra compañía. A veces, ese alguien ni siquiera forma parte de nuestra familia. Pero allí está. Sólo hay que abrir el corazón y dejarlo entrar.

Sé que estoy sonando un poco como uno de esos programas que dan en la trasnoche, conducidos por algún pastor brasileño, pero es el sentimiento que me embarga en estos días. Y me sorprende. Ni yo mismo pensé que me iba a sentir así, pero me siento.

Hace poco vi una película donde un matrimonio joven y de buen pasar inventaba, año tras año, toda clase de excusas para no pasar la Navidad con sus respectivas familias. Aseguraban tener que viajar a algún lugar remoto del globo con fines humanitarios. Hasta que las cámaras de un noticiero los dejan al descubierto, mientras están varados en un aeropuerto, esperando que pase una tormenta de nieve, y deben afrontar ese pesado compromiso que la sociedad -y sus parientes- les imponen.

Reconozco que me sentí identificado con los protagonistas. Para mí, desde que perdí la inocencia y algún imbécil me dijo que Papá Noel son los padres, la Nochebuena se convirtió en una especie de tortura, donde hay que sentarse a una mesa a escuchar un montón de anécdotas que ya oímos mil veces, a contar cómo fue este último año de tu vida (aunque haya sido el peor) y a comer un montón de comida fría y unos turrones a prueba de dentaduras de acero.

Pero desde que soy padre, mi perspectiva sobre las fiestas cambió radicalmente. Sé que suena trillado, sí, pero ahora las veo a través de los ojos de mis hijas, y todo vuelve a tener un poco de esa magia que perdió. Esa magia que tiene Disneyworld, y que acá, en la vida real, cada vez es más difícil de encontrar.

"¿Cómo hace Papá Noel para meterse por la chimenea?", me preguntó la más chica el otro día, mirando la delgada ranura que los arquitectos le hicieron. Tiene cinco años, no es tonta. "Le vamos a dejar una ventana abierta, por las dudas", le contesté yo. Y eso pareció convencerla.

Ojalá pueda seguir creyendo unos años más. A la otra, que tiene siete, ya se nos está complicando engañarla.

Quien escribe y su mujer les deseamos muy felices fiestas. Y ojalá el 2010 sea un mejor año para todos.

Gallaretas (esto ya parece un blog sobre animales..)



Uno ha oído desde siempre hablar de las gallaretas. Cuando íbamos al campo de mi mujer, eran los pájaros que hacían ruidos raros en la laguna. Eran animales amistosos, simpáticos y graciosos. Pero, cuando llegamos a Nordelta, nos dijeron que estos lindos pájaros negros de pico amarillo se comían los panes de pasto. En casa los panes no llegaban a la laguna, y el alambrado lo pusimos desde el vamos así que nunca tuvimos ese tipo de problema. Eran las palomas nuestro mayor enemigo. ¡Si me habré despertado a la madrugada para espantarlas!

Después llegamos a leer en “La Voz de Nordelta” que se habían llevado un camión lleno de gallaretas para soltarlas en Escobar. También llegó la versión de que las gallaretas habían encontrado el camino de vuelta. Porque, aunque parezca, no son nada tontas.

Como no nos gusta juzgar por el qué dirán, y en nuestro barrio el pájaro que más abunda es la gallareta, cuando sobran migas de pan del asado, la diversión más grande es tirarlas al agua y ver cómo vienen en su busca, caminando por encima del agua en una imagen casi bíblica. No hay visita que se resista a ese espectáculo. Es más, me acuerdo que la primera vez que vinimos a Nordelta esa imagen fue una de las que más nos impactó, bichos de ciudad como éramos. Vinimos a conocer el terreno que unos amigos acababan de comprar, y cuando caminamos hacia el lago, toda una pandilla de gallaretas salió espantada de entre los lirios de la orilla, a ponerse a salvo de aquellos desconocidos. Esa carta de presentación no se consigue con ningún diseñador gráfico.

Cuando ya vivíamos acá, uno o dos años más tarde, nos suscribimos a un newsletter que prometía mantenernos informados de las novedades de la ciudad pueblo (y que lleva el mismo nombre de los pájaros protagonistas de esta entrada y que no pienso repetir). Como todos, al principio no teníamos muchos amigos acá y había muchas cosas que nos hubiéramos perdido si no hubiera sido por ese breve pero efectivo boletín que recibíamos semanalmente. Primero en papel, y después ya en una versión más ecológica, vía mail. Un día, por cuestiones laborales, Marcelo Cantón dejó de contarnos las novedades de Nordelta y lo extrañamos. Ahora por suerte volvió. Nos alegramos de la decisión, y seguiremos esperando con entusiasmo sus mails, para saber todo lo que no aparece en la revista oficial de este paraíso extraño (y artificial, podrán agregar algunos), pero paraíso al fin.

Un robo, pero sin armas



Tranquilos, que no voy a hablar de ningún hecho delictivo. Por lo menos, de ninguno de los que aparece en los noticieros. Y es que este tipo de delitos atañe solo a los ciudadanos nordeltenses. Y no está comandado por un un grupo armado, ni por asaltantes, ni por pibes chorros. Esperen, volvamos para atrás: el mote de "asaltantes" bien podría caberle a esta gente. Pero si así fuera, deberíamos pensar que tenemos el fuerte rodeado. El de la mueblería, el del cloro, el de la heladería... ¡todos se han confabulado para llenarse los bolsillos con nosotros! Si algún lector del blog es socio o dueño de la única heladería que hay por el momento en Nordelta, lo siento. Pero tengo que decirlo: 60 mangos un kilo de helado, ya sobrepasa la categoría de estafa para convertirse en hurto calificado. ¡Con esa plata prefiero comprarme un sweater! Bueno, con este calor no da, pero ustedes me entienden. Seguramente, quien fija los precios de esa heladería tendrá sus excusas: los costos de producción, la calidad del helado, los elevados impuestos que debe pagar, el alquiler, etc. Pero tener que pagar por el vasito más chiquito 13 pesos, me hace sentir que me están tocando las partes (disculpen mi francés). Alguien podría decir "a mí me parece justo. El helado es exquisito". Y concuerdo. Nadie pone en duda eso. Como nadie me obliga a ir a comprar a esa heladería, teniendo dos buenísimas sobre la ruta 27, apenas saliendo de ND. Ni siquiera creo que se trate de una cuestión de plata. Se trata de una cuestión moral. Pero en fin... No me voy a poner a hablar de moral ahora, cuando anoche lo estuve viendo a Ricky Fort peleándose con Matías Alé en vivo y en directo, y me divertí tanto.

Ojo, hablé de la heladería por citar un ejemplo. Cuando llamás para pedir que te traigan cloro para ponerle a la pileta, porque ya se te puso verde el agua y parece la laguna del zoo de Buenos Aires, si decís que vivís en Santa María de las Conchas al 2900, te cobran 15. Y si cometés la estupidez de admitir que vivís en Nordelta, te cobran 25. Es una especie de sobreprecio a la riqueza. Con los fletes pasa lo mismo. Es como si una vez dentro de ND, comenzaran a gastar más nafta que lo habitual. Un fenómeno de lo más extraño, digno de alguno de esos programas de "The History Channel". Lo malo es que ya estamos acá adentro (por elección), y va a ser muy difícil revertir esta tendencia al PAN (un programa que inventaron, Péguele Al Nordelteño).

Por ahí tenemos suerte y en el futuro pongan otra heladería acá adentro, como para competir en precio (y calidad, no nos olvidemos) con esa que está ahora. Señores empresarios del helado, con "competir" quiero decir "poner precios más bajos". Por las dudas.

Macho macho men


El otro día estaba sentado, trabajando frente a la computadora como siempre, cuando de reojo vi pasar algo peludo y pequeño frente a mi ventana. Me levanté seguro de que era un coipo. “Coipo” es una palabra de las palabras que aprendí cuando nos mudamos a Nordelta (la otra es “tablaestacado”). Antes, a esos bichos los llamábamos cuises. Aunque, seguramente haya una diferencia, a simple vista y para un “capitalino regenerado”, son la misma cosa.

Grande fue mi sorpresa cuando salí por la puerta. No era ni un coipo, ni un cuis, ni una rata. Era una tierna y dulce nutria bebé. Al oír la puerta abrirse, el animal se asustó y se fue hacia la calle. Justo en ese momento pasaba mi vecina del auto azul, a más de 40 km por hora (para no perder la costumbre). Temí por la vida del animal. Usando la lógica, me interpuse entre la calle y él (o ella, si es que era hembra). Intenté “arriarlo” hasta el lago, porque me pareció que ahí tendría más oportunidades de sobrevivir sin su madre (¿por qué será que siempre que vemos algún animal muy pequeño pensamos que se ha quedado huérfano? Habrá que agradecérselo al señor Disney…). Estaba claro que allí donde estaba no podía quedarse. Según mis cálculos mi vecina volvería a pasar en cinco minutos, de regreso de buscar a sus chicos en el colegio, y esta vez la mataría. Ella a la nutria, quiero decir. Pero tanto tiempo pasé pensando, que el animal se metió debajo de nuestro auto. “Y ahora, qué hago?”. Ya mi hija menor estaba asomada por la ventana de la escalera gritando: “dale, papá, agarrala! No hace nada… si es un bebé!”. Realmente lastimó un poco mi ego. Así que, me agaché, puse mis manos en gesto de “llamar a un animal”, e hice el clásico ruido “besito seductor” apretando los labios, como para atraer su atención. Tras un instante, la nutria encorvó su lomo y sacó sus dientes. Eran enormes! Desproporcionados, para un cuerpito tan pequeño. Puso sus manitos en alto y caminó hacia mí, con la evidente intención de infringirme algún tipo de daño. Debo confesar que trastabillé al huir hacia atrás al grito de “juira bicho”. Agitado, entré a casa con la esperanza de que mi hija no me hubiera visto correr como un cobarde, y feliz de saber que mi mujer dormía. Al darme vuelta, las vi a las dos ahí paradas, riéndose a más no poder. Y, bueno, yo siempre fui un hombre de ciudad. Allá, las ratas “bienaprendidas” le escapan a la gente, no la enfrentan.

No me quedó más que llamar a la guardia y decirles que había una nutria bebé en la puerta de casa, y pedirles si por favor podían avisar a quien correspondiera, para que se hiciera cargo del asunto. En menos de dos minutos, apareció en el rondín el hombre más valiente del mundo: Miguel, uno de los vigiladores. Se bajó con una bolsa de residuos grandota, y sin dejar que la nutria reaccione, se la tiró encima y la agarró con una sola mano, como si del diario se tratara. Claro, la otra mano la necesitaba para agarrar el volante. Subió al rondín y se fue manejando, como si nada. Después nos enteramos que llevaron el animalito al “lago de más allá”. De a ratos, tengo mis dudas de si eso no haría alusión al “cielo de las nutrias”. De mal pensado que soy, nomás.

En fin… Desde ese día tengo claro que cuando aparezca un animal salvaje y antisocial como ese, hay que llamar a la guardia y no hacerse el macho. No funciona con estos bichos.