El saludo, una costumbre en desuso


Ayer fui hasta la placita del barrio con mis hijas, y en el camino, mientras corría para no perder de vista a la más chica (mi bicicleta está pinchada, pero la suya es un violín) tuve tiempo de reflexionar en algunas cosas. ¿Quién dice que la falta de oxígeno le hace mal al cerebro? Primero pensé en el partido que River había perdido el día anterior, en una forma absurda; después pensé en mi abuela, que está jodida de una pierna y le duele al caminar; y cuando empezaba a pensar que el programita de ir hasta la plaza me estaba sacando las ganas de vivir, me crucé con un vecino, al que no conozco, que me saludó con una sonrisa y una inclinación de cabeza. Y troté la última cuadra hasta el club pensando en la suerte que tenemos los que vivimos acá, de poder saludarnos, como se hacía antes en cualquier calle de Buenos Aires. Una práctica que se fue perdiendo con el tiempo, y con la inseguridad. Ahora, afuera, es peligroso detenerse a cambiar unas palabras con cualquiera. La gente tiene miedo de salir, y cuando sale se apura en volver, para no tentar al destino. Me obligué a apartar esos negros pensamientos que tan poco bien me hacían y volví a concentrarme en mis hijas, que en ese momento dejaban sus bicicletas en el suelo y corrían hacia los juegos de la plaza. Ahí aflojé el ritmo y caminé los últimos metros, más relajado. El fastidio se había ido, reemplazado por una sensación de bienestar. Ahora me sentía un tipo afortunado. Con qué poco se arregla uno, ¿no?

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