Un cuestionario



Al principio, se nos ocurrió preguntar qué cosas de vivir en Nordelta disfrutaban más los vecinos. Pero las respuestas que nos dieron los cinco consultados tenían menos gracia que churro sin dulce de leche. Así que cambiamos la consigna y les preguntamos qué cosas cambiarían en la ciudad pueblo, si pudieran. Acá van las ilustrativas respuestas:


VECINO 1
“Cambiaría de lugar los edificios espantosos que edificaron sobre la troncal. Los mandaría al fondo, donde está Naval Motors (donde no se vean, bah). Y ensancharía la bicisenda. Los fines de semana se hace muy peligroso transitar por ahí sin el seguro al día”.

VECINO 2
 “Le cambiaría el nombre a algunos barrios. Cabos del Lago me suena muy policíaco. Y Castores, por ejemplo. ¿Por qué le pusieron así, si son nutrias las que hay en el lago? ¿No ven Discovery Channel HD?”

VECINO 3
 “Ampliaría el horario permitido para las fiestas. Tener que cortar a las tres de la mañana, con lo que pagamos por el alquiler de los houses, es ridículo. Casi tanto como este cuestionario”.

 VECINO 4
 “¿Qué cambiaría? Le sacaría un poco de gente. Nordelta ya no es lo que era. Me gustaba más antes, cuando éramos menos y nos conocíamos todos. A propósito, todavía me debés veinte mangos del año pasado. Así que poniendo estaba la gansa”.

 VECINO 5
 “Yo le agregaría más árboles. Comparado con otros barrios cerrados de la zona, Nordelta parece un desierto. ¡Traen un mono acá, y se muere de embole! Salvo que traigan dos...”.

Una de perros


10 PM de un día cualquiera. Avenida de los Lagos. Dos perros cuzcos trotan despreocupadamente por la bicisenda, mientras conversan (en idioma perro, obvio).

-         Tengo un hambre que no veo- dijo el más grande.
-         No comiste nada hoy? – preguntó el otro.
-         Algo. Estuve picoteando de una bolsa que dejaron en la puerta de uno de estos barrios… No me acuerdo el nombre…
-         Se llaman todos parecido.
-         Y qué querés? A estos ricachones no se les cae una idea. Vos? Morfaste?
-         Un cuis que encontré aplastado, por allá atrás.

El perro más grandote puso cara de asco. Siguieron caminando un rato.

-         Viste el partido anoche? – preguntó el más chico.
-         No. Si no tengo tele. – contestó el otro. – Vos lo viste?
-         Me asomé a la ventana de una casa. Jugando así, se van al descenso.
-         Son once perros!
-         Tendrían que estar acá con nosotros, comiendo de la basura para sobrevivir.

Se rieron los dos perros. Con qué poco se les podía arrancar una sonrisa!

-         Che, a dónde estamos yendo? – se inquietó el más grande.
-         Qué sé yo – se encogió de hombros el otro. – A buscar más comida. Cuando nos crucemos con alguno de estos giles que sale a correr, ponele cara de pobrecito, a ver si nos adopta.
-         Estás loco? Prefiero vivir en la calle que encerrado en la casa de uno de estos burgueses, comiendo alimento balanceado y teniendo que bañarme una vez por semana.
-         Tenés razón. Mejor nos hacemos los distraídos y listo.

Caminaron un par de kilómetros más, hasta que vieron que allá adelante se veía una garita de seguridad.

-         Uy, y ahora? Cómo hacemos para pasar? Vos tenés tarjeta?
-         No. Pero pegate al alambre que no nos ven.

Y así enfilaron hacia el puesto de control, donde un improvisado agente de la ley miraba el monitor de las cámaras de seguridad, mientras picoteaba de un tupper un guiso medio frío y pegotoso.

“Él no está mucho mejor que nosotros”, pensó el perro más petiso, mientras pasaban la barrera sin ser vistos. Era un pichicho sin marca ni pedigree, pero con mucha conciencia social.


La última cruzada


No, no estoy hablando de la película de Indiana Jones, sino de algo que me pasó la semana pasada en la troncal. Venía yo caminando, a media mañana, en un día ocioso, lo más pancho... cuando cometí la osadía de querer cruzar desde la puerta de Las Glorietas hacia la bicisenda que está del otro lado de la avenida. Como tipo cauteloso que soy, primero me paré al costadito. Después miré para un lado, para el otro. Y cuando vi que el único vehículo a la vista estaba todavía a unos doscientos metros (más o menos, tampoco tengo vista de Google Earth), empecé a cruzar el primer tramo de la troncal.

Ah, qué pleno me sentía esa mañana! El solcito dándome en la cara, los pajaritos cantando, algún cuis asomándose desde los arbustos, casi como dándome la bienvenida a sus dominios... Un momento de relax total, digamos. Con ese pensamiento en la cabeza llegué a la mitad del camino. Es decir, a la isleta que divide una mano de la avenida de la otra. Entonces volví a mirar en dirección al vehículo -que era una rabiosa camioneta negra tipo 4 X 4, de una marca que no voy a mencionar pero que ahora está por todos lados porque, según dicen, está muy barata. Ja!-, y me di cuenta de que venía un poquito rápido. Era difícil determinar, desde donde yo estaba y sin sensor incorporado mediante, su velocidad exacta; pero pasaba holgadamente la máxima permitida.

Ahí fue cuando cometí un error que podría haber significado el fin de mis días en Nordelta. Y en la Tierra también: confié en la sensatez del prójimo.

Viendo que a la camioneta todavía le faltaban, digamos, unos setenta, ochenta metros para llegar a donde yo estaba, empecé a cruzar el último tramo de la troncal. Y cuando había llegado a la mitad, la camioneta, lejos de disminuir la velocidad, pareció acelerar... pero yo mantuve mis esperanzas de que llegado el momento, el tipo (que después resultó ser una mina, me pasó tan cerca que tuve oportunidad de mirarle el escote), iba a frenar...

Bueno, no frenó. Me faltaban todavía dos metros para alcanzar la otra orilla de la avenida, cuando sentí un zumbido a centímetros de mi espalda... y la carrocería de la chata me pasó por atrás sin siquiera mirarme. Por supuesto, la simpática conductora (que o iba chequeando sus mails en su Blackberry o es simplemente estúpida) siguió su camino sin reparar en mí, ni en mi dedo medio levantado, que la mandaba a... lavar los platos, ponele.

Me acuerdo que me puse a caminar por la bicisenda y me temblaban las piernas. El mal humor que me produjo el incidente me duró hasta la noche. Me puse a ver a Tinelli y se me pasó (¡!).

Hablando en serio, parece ser que la senda peatonal es un invento que ha quedado inútil, como el fax o la Commodore 64. En estos días pusieron un semáforo para peatones a la altura de Portezuelo. Ojalá funcione, porque acá se necesitan muchos más como ese.

Si vamos a esperar que la gente tenga respeto por el otro, estamos en el horno.