10 PM de un día cualquiera. Avenida de los Lagos. Dos perros cuzcos trotan despreocupadamente por la bicisenda, mientras conversan (en idioma perro, obvio).
- Tengo un hambre que no veo- dijo el más grande.
- No comiste nada hoy? – preguntó el otro.
- Algo. Estuve picoteando de una bolsa que dejaron en la puerta de uno de estos barrios… No me acuerdo el nombre…
- Se llaman todos parecido.
- Y qué querés? A estos ricachones no se les cae una idea. Vos? Morfaste?
- Un cuis que encontré aplastado, por allá atrás.
El perro más grandote puso cara de asco. Siguieron caminando un rato.
- Viste el partido anoche? – preguntó el más chico.
- No. Si no tengo tele. – contestó el otro. – Vos lo viste?
- Me asomé a la ventana de una casa. Jugando así, se van al descenso.
- Son once perros!
- Tendrían que estar acá con nosotros, comiendo de la basura para sobrevivir.
Se rieron los dos perros. Con qué poco se les podía arrancar una sonrisa!
- Che, a dónde estamos yendo? – se inquietó el más grande.
- Qué sé yo – se encogió de hombros el otro. – A buscar más comida. Cuando nos crucemos con alguno de estos giles que sale a correr, ponele cara de pobrecito, a ver si nos adopta.
- Estás loco? Prefiero vivir en la calle que encerrado en la casa de uno de estos burgueses, comiendo alimento balanceado y teniendo que bañarme una vez por semana.
- Tenés razón. Mejor nos hacemos los distraídos y listo.
Caminaron un par de kilómetros más, hasta que vieron que allá adelante se veía una garita de seguridad.
- Uy, y ahora? Cómo hacemos para pasar? Vos tenés tarjeta?
- No. Pero pegate al alambre que no nos ven.
Y así enfilaron hacia el puesto de control, donde un improvisado agente de la ley miraba el monitor de las cámaras de seguridad, mientras picoteaba de un tupper un guiso medio frío y pegotoso.
“Él no está mucho mejor que nosotros”, pensó el perro más petiso, mientras pasaban la barrera sin ser vistos. Era un pichicho sin marca ni pedigree, pero con mucha conciencia social.