Macho macho men


El otro día estaba sentado, trabajando frente a la computadora como siempre, cuando de reojo vi pasar algo peludo y pequeño frente a mi ventana. Me levanté seguro de que era un coipo. “Coipo” es una palabra de las palabras que aprendí cuando nos mudamos a Nordelta (la otra es “tablaestacado”). Antes, a esos bichos los llamábamos cuises. Aunque, seguramente haya una diferencia, a simple vista y para un “capitalino regenerado”, son la misma cosa.

Grande fue mi sorpresa cuando salí por la puerta. No era ni un coipo, ni un cuis, ni una rata. Era una tierna y dulce nutria bebé. Al oír la puerta abrirse, el animal se asustó y se fue hacia la calle. Justo en ese momento pasaba mi vecina del auto azul, a más de 40 km por hora (para no perder la costumbre). Temí por la vida del animal. Usando la lógica, me interpuse entre la calle y él (o ella, si es que era hembra). Intenté “arriarlo” hasta el lago, porque me pareció que ahí tendría más oportunidades de sobrevivir sin su madre (¿por qué será que siempre que vemos algún animal muy pequeño pensamos que se ha quedado huérfano? Habrá que agradecérselo al señor Disney…). Estaba claro que allí donde estaba no podía quedarse. Según mis cálculos mi vecina volvería a pasar en cinco minutos, de regreso de buscar a sus chicos en el colegio, y esta vez la mataría. Ella a la nutria, quiero decir. Pero tanto tiempo pasé pensando, que el animal se metió debajo de nuestro auto. “Y ahora, qué hago?”. Ya mi hija menor estaba asomada por la ventana de la escalera gritando: “dale, papá, agarrala! No hace nada… si es un bebé!”. Realmente lastimó un poco mi ego. Así que, me agaché, puse mis manos en gesto de “llamar a un animal”, e hice el clásico ruido “besito seductor” apretando los labios, como para atraer su atención. Tras un instante, la nutria encorvó su lomo y sacó sus dientes. Eran enormes! Desproporcionados, para un cuerpito tan pequeño. Puso sus manitos en alto y caminó hacia mí, con la evidente intención de infringirme algún tipo de daño. Debo confesar que trastabillé al huir hacia atrás al grito de “juira bicho”. Agitado, entré a casa con la esperanza de que mi hija no me hubiera visto correr como un cobarde, y feliz de saber que mi mujer dormía. Al darme vuelta, las vi a las dos ahí paradas, riéndose a más no poder. Y, bueno, yo siempre fui un hombre de ciudad. Allá, las ratas “bienaprendidas” le escapan a la gente, no la enfrentan.

No me quedó más que llamar a la guardia y decirles que había una nutria bebé en la puerta de casa, y pedirles si por favor podían avisar a quien correspondiera, para que se hiciera cargo del asunto. En menos de dos minutos, apareció en el rondín el hombre más valiente del mundo: Miguel, uno de los vigiladores. Se bajó con una bolsa de residuos grandota, y sin dejar que la nutria reaccione, se la tiró encima y la agarró con una sola mano, como si del diario se tratara. Claro, la otra mano la necesitaba para agarrar el volante. Subió al rondín y se fue manejando, como si nada. Después nos enteramos que llevaron el animalito al “lago de más allá”. De a ratos, tengo mis dudas de si eso no haría alusión al “cielo de las nutrias”. De mal pensado que soy, nomás.

En fin… Desde ese día tengo claro que cuando aparezca un animal salvaje y antisocial como ese, hay que llamar a la guardia y no hacerse el macho. No funciona con estos bichos.

1 comentario:

Unknown dijo...

Exelente comentario, muy linda redacción, me divertí mucho. saludos

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