La última cruzada


No, no estoy hablando de la película de Indiana Jones, sino de algo que me pasó la semana pasada en la troncal. Venía yo caminando, a media mañana, en un día ocioso, lo más pancho... cuando cometí la osadía de querer cruzar desde la puerta de Las Glorietas hacia la bicisenda que está del otro lado de la avenida. Como tipo cauteloso que soy, primero me paré al costadito. Después miré para un lado, para el otro. Y cuando vi que el único vehículo a la vista estaba todavía a unos doscientos metros (más o menos, tampoco tengo vista de Google Earth), empecé a cruzar el primer tramo de la troncal.

Ah, qué pleno me sentía esa mañana! El solcito dándome en la cara, los pajaritos cantando, algún cuis asomándose desde los arbustos, casi como dándome la bienvenida a sus dominios... Un momento de relax total, digamos. Con ese pensamiento en la cabeza llegué a la mitad del camino. Es decir, a la isleta que divide una mano de la avenida de la otra. Entonces volví a mirar en dirección al vehículo -que era una rabiosa camioneta negra tipo 4 X 4, de una marca que no voy a mencionar pero que ahora está por todos lados porque, según dicen, está muy barata. Ja!-, y me di cuenta de que venía un poquito rápido. Era difícil determinar, desde donde yo estaba y sin sensor incorporado mediante, su velocidad exacta; pero pasaba holgadamente la máxima permitida.

Ahí fue cuando cometí un error que podría haber significado el fin de mis días en Nordelta. Y en la Tierra también: confié en la sensatez del prójimo.

Viendo que a la camioneta todavía le faltaban, digamos, unos setenta, ochenta metros para llegar a donde yo estaba, empecé a cruzar el último tramo de la troncal. Y cuando había llegado a la mitad, la camioneta, lejos de disminuir la velocidad, pareció acelerar... pero yo mantuve mis esperanzas de que llegado el momento, el tipo (que después resultó ser una mina, me pasó tan cerca que tuve oportunidad de mirarle el escote), iba a frenar...

Bueno, no frenó. Me faltaban todavía dos metros para alcanzar la otra orilla de la avenida, cuando sentí un zumbido a centímetros de mi espalda... y la carrocería de la chata me pasó por atrás sin siquiera mirarme. Por supuesto, la simpática conductora (que o iba chequeando sus mails en su Blackberry o es simplemente estúpida) siguió su camino sin reparar en mí, ni en mi dedo medio levantado, que la mandaba a... lavar los platos, ponele.

Me acuerdo que me puse a caminar por la bicisenda y me temblaban las piernas. El mal humor que me produjo el incidente me duró hasta la noche. Me puse a ver a Tinelli y se me pasó (¡!).

Hablando en serio, parece ser que la senda peatonal es un invento que ha quedado inútil, como el fax o la Commodore 64. En estos días pusieron un semáforo para peatones a la altura de Portezuelo. Ojalá funcione, porque acá se necesitan muchos más como ese.

Si vamos a esperar que la gente tenga respeto por el otro, estamos en el horno.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Por no hablar de lo que implica cruzar con dos chicos en bicicleta, no? Eso sí que es una tarea digna de Indiana Jones. Saludos. Muy buena la entrada. Queremos más!

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